—¡Oye…! No entiendo qué quieres hacer… he caminado a ciegas durante mucho tiempo.
—Siempre te encantó este lugar…
—Pero no lo puedo ver… —Mikhail aún seguía atando la venda en los ojos de Mila, y dio unos pasos más con ella, sujetándola de la cintura.
—Poco a poco… he arreglado algo para ti… —Le quitó la venda de los ojos, y Mila soltó el aire, al ver desde muy arriba, en su catedral favorita de Moscú, la inmensa plaza roja, totalmente decorada con luces, y rosas rojas.
De hecho, desde su altur