Zahar…
Lo vi entrar.
Desde el extremo del salón, entre columnas y banderas, su figura parecía demasiado firme, como si el mundo no lo hubiese quebrado nunca y caminaba entre los soldados con una presencia que siempre me intimidó.
Me costaba respirar ahora… Kereem, mi Kereem…
Tan firme, tan entero por fuera, como si nada pudiera derribarlo, sin embargo, había algo en su rostro… una serenidad fingida, quizás. Una especie de escudo que conocía demasiado bien.
Me parecía imposible que estuviera allí