Terceros…
Sanem no sabía cuántas horas habían pasado, pero esta noche parecía eterna.
Estaba tirada en el suelo, fría, con el rostro bañado en sudor, sangre seca en la sien y las muñecas marcadas por el forcejeo. Tenía el rostro inflamado y la garganta aún marcada por los dedos de Naim. Pero nada dolía tanto como su conciencia.
El silencio era absoluto, hasta que se escucharon las puertas de aquel salón pequeño abrirse, donde él había ordenado que la dejara. Los pasos de Naim eran lentos, un ar