Zahar…
La sangre zumbó en mis oídos con el estallido y esta vez toqué mis costillas.
No veía nada. Solo humo, gritos distorsionados, y el crujido seco de los disparos.
Milo estaba a mi lado, estaba gritando, pero no podía oír nada. El caos era demasiado, y estaba tratando de levantarme cuando escuché por el auricular.
—Salgan de allí, ahora… —No sé quién estaba al mando ahora, pero era la nueva orden.
—Milo…
—¡Debemos salir! No hay nadie aquí, escucha, salieron por otro lado. Los demás soldado