Zahar…
El rugido del avión parecía querer tragarse mi corazón. Afuera, la oscuridad era espesa, como si la noche hubiese decidido cubrir de luto mi regreso. Pero mis pensamientos no estaban en el cielo, ni en el arma que tenía asegurada en mi muslo.
Estaban en él.
Kereem.
No lo había visto en semanas.
No había tocado su voz, ni sentido su furia, ni su fuego.
Y, sin embargo, cada célula de mi cuerpo gritaba su nombre como si él fuera el oxígeno que me faltaba.
—Treinta minutos —dijo uno de