La garganta de Kereem se secó enseguida y ya sabía lo único que podía saciar esta sed.
Odiaba estar en medio de esta situación, sujeto a un deseo insaciable que no podía llenar por más que la tomara una y otra vez.
Abrió las piernas de Zahar enseguida, podía sentir su intimidad, humedad y podía oler como el deseo se desprendía de la piel de ambos. Y el que Zahar le comiera la boca a continuación, solo le hizo soltar un gruñido, y sin ninguna espera desabrochó sus pantalones, y sí, se hundió en