Kereem…
Los labios me temblaban, pero no de miedo. Me temblaban por la furia contenida, por el calor que había dejado su mano en mi cara, y por la maldita mezcla de deseo y rabia que me anudaba el estómago cada vez que me hablaba así.
Me costaba respirar y me costaba pensar, siempre era así con él, y me estaba matando con esa forma suya de proteger, como si la palabra fuera una sentencia y no un acto normal entre nosotros.
Entonces me obligué a tragar saliva y, con los ojos aún fijos en los suy