CAPÍTULO 33 AMOR Y REDENCIÓN
Zahar…
El silencio en la antesala de la ONU era casi más ensordecedor que las voces de los traductores que venían e iban con documentos bajo el brazo.
Eduardo II caminaba a mi lado, impecable, con ese aire de nobleza natural que siempre tenía. Pero lo que me anclaba no era él, era la sensación de que, en algún punto, los ojos de Kereem me buscaban.
Y los encontré.
Allí estaba, del otro lado de la sala, junto a los miembros de su delegación, sin hablar, ni moverse, s