Zahar.
Tuve que pagar un taxi para el evento, y cuando llegué, tomé el aire ante lo bello que se veía el paisaje en Londres por la noche.
El museo era esplendoroso, su arquitectura exquisita, y sí, como había dicho Morrison, había un protocolo preparado, y estaban pidiendo la tarjeta de invitación a la entrada.
—¿Es empleada? —la mujer revisó mi tarjeta cuando se la di, y luego escaneó mi imagen deteniéndose por un momento.
—Soy la asistente del señor Morrison —ella arrugó la cara, como si no l