Kereem…
Tragué saliva, Zahar estaba a un par de metros, con los brazos tensos contra el pecho, la barbilla alta… y, aun así, la sentía temblar por dentro. Lo sabía, porque yo temblaba igual.
La observé a plena luz, tan distinta. Su piel parecía haber reunido todos los atardeceres en un solo tono dorado; y su mirada, que siempre fue volcánica, ahora tenía un filo nuevo, casi helado. Como si hubiera cruzado mares dentro de sí y hubiese vuelto con tormentas en los bolsillos. Ese cambio me atravesó