Kereem.
El calor del encuentro con Zahar todavía ardía en mi piel mientras salía de la suite, pero la urgencia en los ojos de Asad no dejaba espacio para la distracción. Caminamos en silencio por el pasillo, hasta que me condujo a una habitación más pequeña, y se metió conmigo.
Pude notar que había varios hombres trabajando allí, en algunas computadoras, y Asad me ofreció un trago, pero negué.
—¿Qué pasa? —le pregunté con voz baja, sintiendo el peso de la tensión en el aire.
Asad no respondió d