Susan se metió en la cama sin decir una palabra más. Mansa como un cordero, admitió furiosa, pero el heroísmo ante la adversidad no le habría traído recompensa alguna. Habría sido otra dosis de humillación, se recordó.
Minutos después, Leo la alcanzó.
—¡No! —exclamó por encima del hombro.
—Si no te callas —susurró Leo con voz sedosa, atrayéndola hacia sí con manos fuertes y firmes—, olvidaré que alguna vez hice semejante sacrificio al dejarte aquí tumbada sin que nadie me tocara…
Dejó de respir