Conmocionada por la tormenta que ella misma había desatado, por la aspereza de su voz tensa, lo miró fijamente, consumida por el dolor.
—¿Por qué? —repitió Leo con vehemencia.
—Porque te amo… —quería decir.
—¡Y estás encima de Sophie a todas horas! ¡Si tose, no puedes llegar lo suficientemente rápido! —espetó Leo entre dientes—. A pesar de que tenemos una niñera con varios colaboradores dispuestos, ¡instalas una alarma para bebés y te levantas de mi cama para ir con ella! No soy ni la mitad de