Susan gimió al darse cuenta de que había dejado el libro que estaba leyendo abajo. Leo seguiría con Sophie, y no quería encontrárselo de nuevo, así que se quedó en su habitación.
Una hora después, llamaron a la puerta. Apareció Leo. Susan se cubrió con las sábanas hasta el cuello. Sus labios sensuales se tensaron, y un brillo dorado brilló en sus ojos oscuros. Dejó un vaso junto a la cama.
—¿Qué es eso? —preguntó, como si pudiera ser veneno.
Si era posible, Leo se puso aún más rígido. —Algo par