Sus pechos se sentían sensibles e hinchados y, cuando Leo extendió una mano hacia su columna y la atrajo hacia sí, sus pezones tensos rozaron su pecho áspero.
«Ah…» jadeó bajo su boca, sorprendida. Sus manos recorrieron su estrecha caja torácica y acariciaron sus pechos, y ella se quedó inmóvil. «¡Leo!», gritó cuando él la soltó.
Leo no la escuchaba. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la mirada tensa e intensa de él mientras se deslizaba ágilmente por la cama, con las manos aún acarician