—Eres un imbécil —replicó Susan, intentando disimular el profundo dolor que le había causado ese comentario tan directo.
Leo le dedicó una sonrisa insolente que le hizo recordar lo fácil que le había resultado convertir su miedo y negación en una rendición voluntaria. Con un movimiento rápido e impaciente, apartó la sábana y saltó de la cama. Susan nunca se había sentido tan vulnerable, tan desgarradora. No podía mirarlo. Sus manos, fuertemente entrelazadas, se veían borrosas, y lágrimas calien