El reloj de la terminal de autobuses del pueblo marcaba las cuatro y cuarto de la mañana cuando David compró su boleto con destino a la capital. La terminal era un lugar desolado a esa hora; solo unos pocos comerciantes abrían sus puestos de café y pan, y el aire olía a humo de diésel y a tierra mojada. David subió al viejo autobús de pasajeros, acomodándose en un asiento junto a la ventana en la parte media del vehículo. Sostenía la mochila contra su pecho, como si dentro de ella llevara el ta