Se abrazaron con una desesperación desesperada, como dos náufragos que logran aferrarse a la balsa de salvación en medio de la peor de las tormentas oceánicas. Canela apoyaba la cabeza en el hombro empapado de David, sollozando sin control, liberando a través de sus lágrimas todos los días de agonía, las noches de insomnio, la humillación de la huida y el vacío insoportable que la ausencia de él había dejado en su vida.
David la sostenía con fuerza, hundiendo el rostro en el cabello suelto d