El silencio en la habitación de Canela se sentía denso, casi sólido. Las paredes, que alguna vez habían sido testigos de sus risas, de sus tardes de música y de las largas llamadas telefónicas con David, ahora parecían cerrarse sobre ella como un recordatorio constante de su desgracia. Sobre la cama matrimonial de sábanas gastadas descansaba una vieja maleta de lona azul, abierta de par en par, esperando ser llenada con los restos de una vida que Canela deseaba desesperadamente dejar atrás.