En el otro extremo del pueblo, en una pequeña casa de paredes blancas y tejas de barro, David se encontraba encerrado en su habitación. El cuarto estaba en penumbras; las cortinas permanecían cerradas, impidiendo el paso de la luz del sol. David estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la base de su cama y las rodillas pegadas al pecho. Tenía la misma ropa de la noche anterior, arrugada y con el olor del sudor de la fiesta y de la desesperación.
Su mente era un caos de imáge