El amanecer del día siguiente llegó con una neblina densa que cubría los campos del pueblo, como si la naturaleza misma se uniera al ambiente de tristeza que rodeaba la casa de Canela. Eran las cinco y media de la mañana. El motor de un automóvil de alquiler roncaba suavemente frente a la entrada principal, rompiendo el silencio de la madrugada.
En la cocina, Sol servía café caliente en unas tazas de porcelana, mientras Patrick terminaba de amarrar la maleta grande en el maletero del auto. E