Me arreglé la melena, alisé la blusa con las manos y caminé hasta la puerta. Mi corazón golpeaba con fuerza mientras contenía la respiración. Jamás me había sentido tan asustada.
Al abrir, me encontré con Iñaki. Tenía el cabello completamente revuelto, como si hubiera pasado la mano por él una y otra vez durante horas.
Llevaba una camisa color vino y un pantalón crema. Se había aflojado la corbata, que combinaba con los zapatos y el cinturón.
—Iñaki, ¿qué haces aquí? —pregunté, esbozando una s