—¿Todo está bien? —pregunté en voz baja.
—Sí, solo estaba resolviendo un asunto. Vamos a la sala de conferencias —dijo, arqueando una ceja.
Salimos tomados de la mano y no pude evitar sonreír.
—¿Qué pasa? —se detuvo.
—No, no pasa nada.
—¿Segura? —preguntó con esos labios rosados que me volvían loca.
—Sí, muy segura.
Él me miró con dulzura y depositó un beso en mi frente.
Amaba todo de Semir, pero lo que más me encantaba eran sus pestañas largas y sus deliciosos labios. Cuando era niña, siempre