Semir caminaba por el camerino de un lado a otro, con las manos en la cintura. Su rostro estaba rojo como un tomate; jamás lo había visto así. Llevábamos unos diez minutos sin decir nada. El silencio era sepulcral, tanto que estoy segura de que se podía escuchar su respiración: era agitada, demasiado, diría yo.
Yo empezaba a sentir frío. Busqué mi ropa con la vista para cambiarme, pero no estaba; seguro la había dejado en el otro camerino.
Así que me dirigí hacia la puerta, pero él me bloqueó e