La conciencia regresó a Gianni Giorgetti como una cuchilla fría deslizándose entre las costillas. No fue un despertar gradual, sino una inmersión instantánea en la alerta. Sus ojos grises se abrieron en la penumbra absoluta de la habitación, las pesadas cortinas de terciopelo azul oscuro sellando la luz exterior. La cama era enorme, blanda, ajena. El aire olía a jazmín negro, a lino caro y a un débil rastro de antiséptico y sangre bajo el perfume de ella.
Se sentó al borde de la cama con la flui