«Tu simple presencia no es suficiente contra este dolor»
La frase martillaba el cráneo de Gianni con cada zumbido del reactor del jet privado. Un estribillo cruel, cincelado en el hueso por la voz rota de Ivanka. Resonaba más fuerte que el rugido de los motores, más profundo que el vacío que se expandía en su pecho, un hueco oscuro y voraz que parecía anhelar tragárselo entero.
Giró el anillo de plata en su dedo índice, el lobo aullando contra la luz tenue de la cabina. El metal frío, familiar