El frío del acero era el único compañero fiel de Ivanka.
Encadenada a la estructura cruciforme en el santuario del dolor de los Voloshyn, los brazos extendidos hasta el límite del desgarro, la conciencia flotaba en un mar gris entre el agotamiento y la pesadilla.
Cada músculo era un nudo ardiente, cada respiración un esfuerzo. Las lágrimas se habían secado, dejando surcos salados en sus mejillas, pero el dolor interno, la certeza de la traición y la pérdida de Aston, era un pozo sin fondo.
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