El rugido constante de los motores del jet era un zumbido de fondo apenas perceptible, ahogado por el silencio tenso que reinaba en la cabina.
Gianni Giorgetti miraba por la ventana ovalada, las luces de la costa calabresa dibujando un collar de diamantes en la oscuridad del Mediterráneo. Su perfil era una estatua de mármol oscuro: mandíbula apretada, ojos grises fijos en un punto lejano que solo él veía: Ivanka.
Se había cambiado en el avión, ahora vestía un traje negro de sastrería impecable,