05: Suyo

Valentino la condujo por un pasillo estrecho hasta una habitación del fondo. No era la mejor del club, pero era la más discreta. Paredes de terciopelo granate, una cama king size con sábanas negras, luz tenue que lo difuminaba todo. Suficiente para que la máscara siguiera siendo su salvación.

Cerró la puerta tras de sí. Gianna ya estaba en el centro de la habitación, de espaldas a él, quitándose los pendientes con la misma naturalidad con la que se quitaba los zapatos al llegar a casa.

—Escuche, señorita... —empezó Valentino, con la voz todavía forzada—. Quizá debería pensarlo mejor. Ha bebido y tal vez no es el mejor momento para...

—No me trates como si fuera una princesa borracha. —Gianna se giró. Sus ojos verdes ardían bajo la luz tenue—. Sé perfectamente lo que quiero.

—Pero...

—¿Pero qué? —Se acercó a él con pasos lentos, felinos—. ¿No me deseas? ¿Es eso?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué? ¿Miedo?

Valentino apretó los labios. No era miedo. Era cautela. Era la certeza de que cada palabra, cada gesto, podía delatarlo. Pero ella no le dejó espacio para excusas. Se plantó frente a él, tan cerca que el perfume de jazmín y sándalo lo envolvió como un puño.

—Mira, no sé quién eres realmente y no me importa —dijo Gianna, con una sonrisa fría—. Pero esta noche eres mío. Así que deja de hablar y empieza a hacer lo que se supone que haces.

Valentino sintió la punzada del orgullo herido, pero la ahogó. Llevaba años tragándose el orgullo.

—Como usted quiera.

Gianna alzó una ceja. Y entonces, sin previo aviso, le soltó una bofetada. No fue fuerte, pero sí lo bastante para que el sonido restallara en la habitación.

—No me llames «de usted» en la cama. Me hace sentir vieja.

Valentino se quedó inmóvil. La mejilla le escocía ligeramente. Nadie le había abofeteado antes. Ni clientas ni amantes. Ni siquiera Leo en sus peores rabietas Gianna Sterling acababa de hacerlo sin pestañear, y lo peor era que algo dentro de él se había encendido con eso.

—De acuerdo —dijo él, con una voz que ya no era forzada. Era suya. Grave. Serena. Peligrosa—. Entonces túmbate y cállate.

Gianna sonrió. Por fin.

Se desabrochó el vestido negro. La tela resbaló por sus hombros, por sus caderas, y quedó tendida en el suelo como una mancha de tinta. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que moldeaba sus curvas con precisión.

Valentino la contempló.

Era hermosa. Ya lo sabía. Pero desnuda era otra cosa: una criatura de porcelana y fuego, con unos pechos firmes que desafiaban la gravedad, una cintura estrecha y unas caderas que pedían a gritos ser sujetadas. La deseaba. Maldita sea. La deseaba.

Gianna se sentó en la cama y cruzó una pierna sobre la otra, observándolo como una reina a su súbdito.

—El pantalón. Quítatelo.

Valentino obedeció. El cuero negro cayó al suelo. Gianna abrió los ojos un milímetro más de lo habitual. No dijo nada, pero su mirada lo dijo todo. El tamaño de su miembro era imponente, incluso para alguien que había visto muchos.

—Impresionante —murmuró ella, aunque no parecía un halago —. Pero no pienso ponerte la boca ahí. No sé dentro de quién has estado antes.

Valentino apretó la mandíbula. Otra vez. Otra maldita vez esa actitud. Como si él fuera sucio. Como si ella fuera intocable.

—No te lo estoy pidiendo —dijo él entre dientes.

—Mejor. Porque no va a pasar.

—¿Alguna otra exigencia?

—Condón. Siempre.

—Nunca lo hago sin condón.

Gianna esbozó una sonrisa torcida. Aquel hombre no se dejaba pisotear tan fácilmente. Le gustaba. Le irritaba. Ambas cosas.

—Entonces ven aquí y demuéstrame que mereces lo que voy a pagarte.

Valentino se colocó el preservativo con movimientos precisos, y se colocó sobre ella. No la besó. Ella no se lo pidió y él no lo intentó. Sus bocas no se tocaron en ningún momento. Era una regla no dicha, una frontera que ninguno de los dos cruzó.

—Nada de besos —dijo Gianna, como si le leyera el pensamiento—. Mejor pon tu boca en otra parte.

Valentino deslizó los labios por su cuello, por sus clavículas, por el valle entre sus pechos. Descendió lentamente, saboreando cada centímetro de piel, hasta llegar al borde del encaje. Lo retiró con los dientes. Gianna arqueó la espalda cuando su lengua encontró el punto exacto.

—Eres... bueno —jadeó ella.

—No he empezado.

Y entonces bajó más. Sus hombros separaron sus muslos y su boca encontró el centro de su deseo sin titubear. Gianna soltó un gemido que no esperaba, que no quería. Sus dedos se aferraron a las sábanas mientras él la trabajaba con una maestría que no dejaba lugar a dudas: aquel hombre sabía lo que hacía. Mucho. Demasiado.

—Ahí... justo ahí... no pares...

Valentino no paró. No hasta que sintió sus muslos temblar a ambos lados de su cabeza. No hasta que el orgasmo la atravesó y ella soltó un grito ahogado contra su propio brazo.

Se incorporó, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Gianna yacía sobre las sábanas, con el pecho agitado y los ojos brillantes. Por un instante parecía otra mujer. Alguien frágil.

—Ahora —dijo ella, recuperando la voz—. Quiero todo lo demás.

Valentino se colocó entre sus piernas. La penetró despacio, midiendo la resistencia de su cuerpo. Pero incluso así, incluso con cuidado, Gianna soltó un quejido.

—Me duele.

Valentino se detuvo al instante. Los músculos de sus brazos se tensaron mientras contenía el impulso.

—¿Estás bien? ¿Quieres que pare?

—No. —Gianna negó con la cabeza, con los ojos cerrados—. Estoy bien. Ese dolor... se siente agradable.

Valentino la miró. Había algo en su tono, en la forma en que había dicho «agradable», que le reveló más de lo que ella pretendía. Gianna Sterling no solo buscaba placer. Buscaba sentir. Sentir algo que le recordara que estaba viva.

No dijo nada. Simplemente siguió.

Al principio fue un vaivén pausado, casi delicado. Pero Gianna no quería delicadeza. Clavó las uñas en su espalda y lo empujó hacia dentro con fuerza. Una exigencia muda. Valentino la entendió. Y algo en su interior se rebeló contra esa arrogancia, contra esa forma de usarlo como si fuera un objeto. Aceleró el ritmo. Más fuerte. Más hondo. La embistió con una intensidad que arrancó gemidos rotos de la garganta de Gianna, gemidos que ella no podía controlar por mucho que lo intentara.

—Así... así... no pares...

La cama crujía. Las sábanas se arrugaban bajo sus cuerpos sudados. Gianna enredó las piernas alrededor de su cintura y lo recibió entero, sintiendo ese dolor agradable que la hacía sentirse real. El placer creció, se expandió, estalló. Y esta vez no pudo contener el grito.

Valentino se derrumbó sobre ella unos segundos después, con la respiración agitada y el corazón desbocado. Permanecieron así un instante, enredados, sudorosos, sin hablar.

Luego Gianna lo empujó suavemente y se incorporó. Recogió su vestido del suelo, se lo puso con la misma eficiencia con la que hacía todo, y se alisó el pelo con los dedos.

—Estuvo bien —dijo, abrochándose los pendientes.

Valentino, todavía tendido en la cama, la miró con incredulidad.

—¿Solo bien?

Gianna se giró hacia él. Una sombra de sonrisa le curvó los labios.

—Créeme. Este no es un cumplido que dé a diario.

—Entonces supongo que debo sentirme honrado.

Ella arqueó una ceja ante el sarcasmo.

—Mucho. Y más aún porque serás el primero con el que repita.

Valentino se incorporó sobre los codos.

—¿Qué?

—Mañana estaré aquí a la misma hora. Nos vemos.

—Espera...

Pero Gianna ya había abierto la puerta y desaparecido pasillo abajo.

Valentino se quedó solo, desnudo sobre las sábanas revueltas, con la máscara aún puesta y una confusión colosal ardiéndole en el pecho.

Aquella mujer era un huracán. Una fuerza de la naturaleza. Una insoportable, arrogante, fascinante criatura que lo había tratado como a un juguete y le había hecho disfrutar como hacía años que no disfrutaba.

Pero no podía repetir.

Su teléfono vibró sobre la mesilla. Lo cogió sin pensar.

Un mensaje decía:

«Estimado señor Reed, disculpe las horas. Le escribo desde el departamento de Recursos Humanos de Sterling Corporation para informarle que ha sido seleccionado como asistente personal de la señorita Sterling. Lo esperamos mañana a las ocho en punto. Saludos cordiales.»

Valentino leyó el mensaje tres veces.

Luego soltó el teléfono sobre la cama y se cubrió el rostro con las manos.

—No puede ser —murmuró contra sus palmas—. No puede ser.

Era el asistente de Gianna Sterling.

Y al parecer también su nuevo juguete sexual.

¿Acaso era una broma?

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