Gianna Sterling no se quitaba los zapatos ni para follar.El hombre que jadeaba sobre ella ni siquiera sabía su apellido. Había dicho llamarse Daniel o David, algo con D, pero a Gianna le daba igual. Solo le importaba que tuviera espalda ancha, mandíbula marcada y la suficiente discreción para desaparecer sin hacer preguntas.El apartamento era de él. Anodino, limpio, sin personalidad. Gianna había elegido el lugar como quien elige un hotel: por conveniencia, no por deseo. Yacía desnuda sobre sábanas que olían a suavizante barato, con el vestido arrugado en el suelo y los tacones aún puestos. Siempre dejaba los tacones puestos.—Ha sido... —empezó él, incorporándose sobre un codo, con la respiración aún agitada—. Ha sido increíble.Gianna se incorporó sin mirarlo. Buscó el sujetador, la falda, el perfume.—No me llames.—Pero ni siquiera sé tu nombre.—Exacto.Se puso el abrigo, se alisó el pelo con los dedos y salió sin cerrar la puerta.Fuera, el frío de noviembre le mordió las meji
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