Mundo ficciónIniciar sesión—No me vengas con estupideces, Valentino. —Leo dio un sorbo a su whisky caro y chasqueó la lengua—. ¿Renunciar? ¿Al club? ¿Adónde vas a ir?
Valentino llevaba cinco minutos de pie frente al escritorio, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. No se había sentado porque no pensaba quedarse. Leo, en cambio, estaba hundido en su sillón de terciopelo negro, con la copa en una mano y una sonrisa de depredador en los labios. —A ningún lado. Solo me voy. Leo soltó una carcajada seca. —Mira, te voy a ser sincero porque te aprecio. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Tú no sirves para nada más. No tienes estudios, no tienes experiencia real, no tienes referencias. Lo único que se te da bien es el sexo. —Hizo una pausa, saboreando la crueldad de sus propias palabras—. Eres un puto, Valentino. El mejor que ha pasado por este club, pero un puto al fin y al cabo. Fuera de aquí no eres nadie. Valentino no pestañeó. Había aprendido a no hacerlo cuando algo le dolía. —¿Has terminado? —preguntó. Leo suspiró y se recostó de nuevo. —No acepto tu renuncia. Tómate unos días, piénsalo bien, y vuelves cuando se te pase la tontería. —No es una tontería. —Claro que lo es. —Leo apuró la copa—. Pero haz lo que quieras. La puerta está abierta. Y cuando te des cuenta de que ahí fuera no hay nada para ti, aquí seguiré. Valentino salió del despacho sin despedirse. Recorrió el pasillo alfombrado del club con paso firme, esquivando miradas de chicas que lo conocían, de camareros que lo respetaban, de clientes que lo habían deseado. El aire viciado de Ébano se le pegaba a la piel como una despedida. Cuando la puerta de la calle se cerró a su espalda, respiró hondo. El frío de la noche le llenó los pulmones. Libre. Por primera vez en años, libre. --- El autobús lo dejó a tres calles de casa. Una zona modesta, de farolas amarillas y aceras rotas, donde nadie preguntaba de dónde venías porque todos tenían algo que esconder. Subió las escaleras de dos en dos. El apartamento olía a medicinas. Su madre estaba en la cama, encogida bajo dos mantas, con el pelo blanco revuelto sobre la almohada. La calefacción llevaba rota desde el martes y el casero no atendía llamadas. —¿Valentino? —La voz de Esther sonó débil, pero conservaba esa dulzura que a él siempre le partía el alma—. Llegas tarde. —Tuve cosas que resolver. —Se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de la frente—. ¿Cómo estás? —Un poco de frío, nada más. Valentino la arropó mejor, colocando su propio abrigo sobre las mantas. Esther cerró los ojos, agradecida. Él se quedó mirándola unos segundos: las arrugas profundas, las manos temblorosas, la respiración irregular. No estaba gravemente enferma. Pero necesitaba cuidados, medicinas, un médico decente. Cosas que el dinero del club ya no iba a pagar. Salió a la calle, cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra la pared. Sacó un cigarrillo y lo encendió con manos que temblaban por el frío. No iba a volver. Por muy jodida que estuviera la situación, no iba a volver a ese club. Un Mercedes negro aparcó junto a la acera sin hacer ruido. La ventanilla bajó despacio, revelando un rostro que Valentino conocía demasiado bien. —Pero mira quién está aquí —ronroneó la mujer desde el interior—. El pequeño Valentino, fumando en la calle como un chico malo. Se llamaba Patricia. Una clienta habitual, de las que pagaban bien y exigían más. Cuarenta y tantos, joyas en el cuello, perfume que costaba más que el alquiler de Valentino. —Señora —saludó él, sin acercarse. —Hace siglos que no te veo por el club. ¿Te escondes? —Ya no trabajo allí. Patricia soltó una risita. —Qué lástima. Precisamente esta noche necesitaba compañía. —Lo miró de arriba abajo, despacio, como quien elige un postre—. Pago el doble. —Gracias, pero ya no hago esas cosas. —No te hagas el duro, cielo. Todos tenemos un precio. ¿El triple? Valentino negó con la cabeza. Una sonrisa educada, inofensiva. La misma que usaba en el club cuando rechazaba una copa. Patricia suspiró con teatralidad. —Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Buscar otro trabajo? —Algo así. —Difícil. —Lo miró con sorna—. En el club hay muchos hombres, Valentino. Pero va a ser complicado que alguien supere el tamaño de tu miembro. Él sonrió. Una mueca vacía, automática, de las que no llegaban a los ojos. —Estoy seguro de que encontrará a alguien. Antes de que ella pudiera insistir, su teléfono vibró sobre el asiento. Patricia maldijo entre dientes, lo cogió y contestó con voz exasperada. —¿Qué pasa? ¿Esa mujer de nuevo? No, no tengo a nadie más que recomendarle. Dile que ya ha expulsado a más de la mitad de los candidatos. No es mi culpa que ningún asistente pueda soportarla... Valentino aguzó el oído sin moverse. —...pues que baje sus estándares. O que pague el triple. A ver si así alguien aguanta a esa insoportable. Colgó y soltó un suspiro pesado. —Problemas de trabajo —dijo, guardando el teléfono—. Gente rica con exigencias imposibles. —¿Qué pasa?—preguntó Valentino, con naturalidad ensayada. Patricia lo miró, cansada. —¿Conoces Sterling Corporation? —No. Pero se oyen cosas. —Sonrió—. ¿Tan malo es trabajar para ellos? —No es malo. Es imposible. La directora quema asistentes como quien quema cerillas. El sueldo es una locura, eso sí. Pero nadie dura. Nadie. A Valentino se le encendió algo dentro del pecho. —¿Qué tan bien pagado? Patricia soltó una cifra. Él parpadeó. Era una cifra absurda. —Bueno, querido —dijo Patricia, arrancando el motor—. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme. El Mercedes desapareció calle abajo. Valentino se quedó quieto en la acera, con el cigarrillo consumido entre los dedos y el corazón golpeándole las costillas. Subió a casa, encendió el portátil y buscó. El anuncio seguía abierto. Leyó los requisitos: experiencia demostrable, referencias comprobables, dominio de idiomas, formación en administración. Cosas que él no tenía. Pero el sueldo... Además de un seguro médico que cubría dos miembros de la familia. Era exactamente lo que necesitaba. Lo que su madre necesitaba. ¿Estaría mal mentir? ¿Se darían cuenta? Cerró los ojos. Vio a su madre tiritando bajo las mantas. Vio el despacho de Leo. Vio las manos de Patricia sobre su pecho, años atrás, y el billete que le dejó sobre la mesilla al terminar. Agarró el teléfono. Marcó un número que no usaba desde hacía meses. —¿Sí? —contestó una voz áspera al otro lado. —Necesito un favor. —Dime. Valentino apretó el teléfono contra la oreja. —¿Sabes falsificar currículums? Porque necesito el mejor que puedas hacer.






