04: Bajo la Máscara

Valentino entró por la puerta trasera del club, como siempre. El pasillo de servicio estaba oscuro y olía a lejía. Leo lo esperaba en su despacho con una sonrisa de reptil.

—Sabía que vendrías. Eres un chico obediente, Valentino. Siempre lo fuiste.

—Dime qué quieres y termina de una vez.

Leo se sirvió otra copa. El hielo tintineó contra el cristal.

—Una última noche. Eso es todo lo que pido. Trabajas esta noche y mañana te vas con tus bonitos sueños de honestidad.

—Te dije que ya no hago eso.

—Y yo te digo que es la condición para dejarte ir limpiamente. —Leo lo miró por encima de la copa—. Sin deudas, sin despedidas tormentosas, sin que nadie vaya a molestar a tu querida madrecita.

Valentino sintió un nudo frío en el estómago.

—Una noche —cedió, con la mandíbula tan apretada que las palabras le salieron a dentelladas—. Pero yo elijo a las clientas de esta noche.

—Como quieras.

Valentino salió del despacho sin añadir nada. Se dirigió al vestuario masculino, donde otros hombres se cambiaban frente a espejos empañados. Eligió un pantalón de cuero negro, se quitó la camisa. Su torso desnudo atrajo un par de miradas codiciosas. Las ignoró.

Luego cogió la máscara.

Era una máscara de conejo negra que cubría todo el rostro salvo los ojos y los labios. Nunca antes la había usado; nunca había necesitado esconderse. Pero ahora todo era distinto. Ahora había solicitado un trabajo decente. Ahora su futuro dependía de que nadie, absolutamente nadie, pudiera reconocerlo fuera de aquellos sótanos.

Se ajustó el elástico tras la nuca y se miró al espejo. El conejo lo miraba de vuelta con ojos grises y vacíos.

—Perfecto —murmuró para sí.

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Gianna entró en Ébano como entraba en todas partes: con la cabeza alta.

—Esto es... distinto —dijo, observando el terciopelo negro de las paredes, las luces tenues, los sillones donde parejas y tríos se acariciaban sin recato.

—Es maravilloso —Camila la tomó del brazo, radiante—. Elegante, perverso y discreto. Como a ti te gusta.

—No me gusta.

—Lo que tú digas, jefa.

Las condujeron a la zona VIP, un espacio elevado con sofás de cuero y mesas bajas de mármol. Un camarero vestido con unos pantalones negros y el torso desnudo les sirvió dos copas de champán.

Enseguida empezaron a desfilar. Hombres de todos los tipos. Todos con sonrisas y miradas hambrientas. Gianna los despachaba con un gesto de la mano.

—Eres demasiado exigente —protestó Camila, que ya coqueteaba con un chico de ojos verdes.

—No es exigencia. Es que no me interesa pagar por lo que puedo conseguir gratis.

Camila se encogió de hombros y volvió a centrarse en su conquista. Gianna dejó vagar la mirada por el local. En la pista, cuerpos sudados bailaban sin rozarse demasiado. En las esquinas, sombras negociaban precios. Y junto a un pilar del fondo, medio oculto como si no quisiera ser visto, había un hombre.

Llevaba una máscara de conejo negra.

Ningún otro la llevaba. Todos los demás mostraban el rostro con orgullo profesional o con descaro comercial. Pero él no. Él estaba apoyado contra la columna, con los brazos cruzados sobre el torso desnudo, observando la sala.

Era alto. Tenía los hombros anchos y una mandíbula que, incluso bajo la máscara, prometía belleza. Gianna lo miró un segundo más de lo necesario y luego apartó los ojos. No iba a caer en la trampa del misterio. Justo lo que querían esos tipos.

Su teléfono vibró sobre la mesa. El nombre en la pantalla era «Hogar Esperanza», la residencia donde su madre vivía desde hacía años. Se levantó y buscó un lugar más tranquilo.

La zona de fumadores estaba al fondo, junto a una salida de emergencia. Había ceniceros de pie y un par de sillones vacíos. Y el hombre de la máscara de conejo, fumando apoyado contra la pared.

Gianna se llevó el teléfono a la oreja sin mirarlo. No necesitaba mirarlo. Ya lo había visto bastante.

—¿Sí? —contestó el teléfono.

—Señorita Sterling, siento molestarla. Intentamos que su madre acceda a recibirla mañana, pero... se niega de nuevo.

Gianna cerró los ojos. Sintió la punzada de dolor. Como siempre. Como cada maldita vez.

—Hagan lo que puedan —dijo, y colgó.

Cuando abrió los ojos, el hombre de la máscara la estaba mirando.

No era la mirada profesional de un gigoló evaluando una presa. Era otra cosa. Sorpresa. Reconocimiento. Casi miedo.

Valentino no daba crédito. Esa mujer, la que estaba a dos metros de él, era Gianna Sterling. La mujer para la que había falsificado un currículum entero. ¿Qué demonios hacía en un club de prostitución masculina?

—¿Qué pasa? —la voz de Gianna sonó como un látigo—. ¿Me conoces?

Valentino negó con la cabeza, exagerando el gesto. Se apartó de la pared y trató de esfumarse hacia la puerta. Pero Gianna era rápida. Su mano le agarró el brazo con una fuerza que no esperaba.

—Estás huyendo.

—No, para nada. —Valentino forzó la voz, haciéndola más grave, más ronca—. Solo me voy.

—¿No se supone que tu trabajo es tratar de atraer clientas?

M****a. M****a, m****a, m****a.

—Sí, pero... —tragó saliva—. Usted no es de mi agrado.

Lo dijo sin pensar. Un reflejo defensivo. Una estupidez. Y en cuanto las palabras salieron de su boca, supo que había cometido un error.

Gianna parpadeó. Su rostro pasó de la curiosidad a la incredulidad y luego a algo más peligroso: el orgullo herido.

—¿No soy de tu agrado?

—No quise decir...

—Claro que quisiste.

Gianna avanzó hacia él. Valentino retrocedió. No porque se sintiera intimidado. Retrocedió porque la penumbra del pasillo era lo único que impedía que ella pudiera reconocerlo.

Pero Gianna no sabía nada de eso. Gianna solo veía a un hombre que la rechazaba, y eso era algo que no esperó. Los hombres no la rechazaban. La deseaban. Incluso los que no sabían cuánto dinero tenía. Porque era hermosa. Porque su cuerpo era una maldición que atraía a todos los que se cruzaban con ella.

Y este imbécil enmascarado le decía que no era de su agrado.

Gianna se cruzó de brazos. Intentó calmarse. Pero entonces el teléfono vibró de nuevo con un mensaje. Lo leyó. «Lo siento, Gianna. Tu madre se niega a verte otra vez.»

Algo se rompió dentro de ella.

Otra maldita vez. Su madre prefería no verla. Prefería cualquier cosa antes que mirarla a los ojos.

—¿Estás bien?

La voz del enmascarado sonó distinta. Más suave. Casi sincera.

Gianna alzó la mirada. Tenía toda la rabia del mundo contenida en los ojos, toda la tristeza acumulada de años de rechazo. Y aquel hombre, aquel desconocido, se atrevía a preguntarle si estaba bien.

—¿A ti qué más te da?

—Solo me preocupé.

—No te preocupes. —Gianna sonrió, cruel, venenosa—. Ese no es tu trabajo. Solo eres un prostituto. ¿Por qué mejor no te vas a hacer lo único que sabes hacer bien?

Valentino sintió el golpe de esas palabras en el pecho. Lo mismo que siempre. Pero no lo demostró.

—Solo quiero ayudar —dijo, con calma.

Gianna soltó una risa seca. Ayudar. Como si alguien pudiera ayudarla. Como si alguien quisiera hacerlo sin pedir nada a cambio.

—¿Quieres ayudar? —Se acercó un paso más. Pegó su cuerpo al de él y alzó la barbilla —. Entonces busca una habitación.

Valentino sintió el calor de su aliento, el roce de sus curvas, el vértigo de su perfume.

—¿Quiere descansar? —preguntó, sin entender.

Gianna negó con la cabeza. Sus dedos se posaron sobre el pecho desnudo de él y trazaron una línea lenta, deliberada, desde el esternón hasta el borde del pantalón de cuero. Valentino dejó de respirar.

—No —susurró ella contra su boca—. Tú y yo vamos a follar.

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