Gianna esperó una hora y diecisiete minutos. Lo contó. Cada maldito minuto.
El enmascarado no apareció.
Salió de Ébano con los tacones clavándose en el pavimento. El auto estaba aparcado afuera, pero ella lo dejó justo ahí. No quería ir a casa. No quería encerrarse en su ático a lamerse las heridas. Quería beber.
Encontró un antro a tres calles. Luces de neón, olor a cerveza rancia. Perfecto.
Pidió whisky. Solo. Sin hielo.
—¿Estás sola, preciosa?
Dos tipos. Grandes, sudados, sonrisas de depreda