03: La Entrevista

Valentino se ajustó el nudo de la corbata por tercera vez antes de cruzar la puerta. El espejo del ascensor le devolvió la imagen de un hombre impecable, con el traje planchado, el cabello domado y una expresión serena que no revelaba el terremoto que llevaba dentro. Llevaba tres días memorizando cada línea del currículum falso. Tres noches ensayando respuestas frente al espejo del baño, mientras su madre dormía. No podía fallar.

La recepcionista lo condujo por un pasillo de cristal y acero. Las paredes olían a poder, a dinero antiguo, a un mundo que Valentino solo había rozado desde el lado equivocado.

—La señorita Sterling lo recibirá ahora —dijo la mujer, señalando una puerta doble de madera oscura.

Valentino respiró hondo. Llamó tres veces.

—Adelante.

La voz era grave, aterciopelada y completamente impasible. Como si ya estuviera aburrida de él antes de verlo.

Abrió la puerta.

Y entonces la vio.

Sentada detrás de un escritorio de caoba que parecía un trono, con la ciudad extendiéndose a sus espaldas, estaba la mujer más hermosa que Valentino había visto en su vida. El cabello negro azabache recogido en una coleta tirante. Los ojos de un verde tan intenso que cortaban la distancia como láseres. Los labios rojos, perfectamente dibujados, sellados en una línea que no prometía sonrisas. Llevaba un traje sastre color crema que moldeaba sus hombros.

Era fría.

Era magnética.

Era todo lo que Valentino no debía desear.

—Siéntese, señor Reed —dijo ella, sin levantar la vista del currículum.

Él obedeció. La silla era de cuero negro, incómoda, diseñada para que nadie se relajara demasiado.

Gianna pasó varios segundos leyendo en silencio. Valentino aprovechó para estudiarla de reojo: sus dedos largos y cuidados, el perfume de jazmín y sándalo que flotaba en el aire, la forma en que fruncía ligeramente los labios al concentrarse. Tenía la piel tan blanca que parecía de porcelana.

Gianna levantó la vista de golpe. Lo pilló mirándola.

—¿Le parezco interesante, señor Reed?

—Mucho —respondió él, con naturalidad—. Pero prometo no distraerme.

Ella arqueó una ceja. No estaba acostumbrada a respuestas tan directas.

—Su currículum es... sorprendente —dijo, dejando el papel sobre la mesa—. Experiencia en atención al cliente de alto perfil, idiomas, formación administrativa. Demasiado bueno para un puesto de asistente. ¿Por qué alguien como usted querría trabajar para mí?

—Porque quiero aprender de la mejor.

—Eso suena a halago ensayado.

—Lo es —admitió Valentino con una media sonrisa—. Pero también es cierto.

Gianna lo observó. Mientras él hablaba, ella no podía evitar notar cosas que no debía: la mandíbula marcada, las manos grandes y cuidadas sobre el posabrazos, la anchura de sus hombros bajo el traje barato. Era increíblemente atractivo. De esos hombres que entraban en una habitación y todas las mujeres giraban la cabeza. Si no estuviera allí sentado como candidato, pensó Gianna, definitivamente sería uno de esos con los que se acostaría sin preguntar el nombre. Pero ella no mezclaba trabajo con sexo. Jamás. Esa línea nunca se cruzaba.

—Trabajar conmigo no es fácil —dijo, recuperando el hilo—. Soy exigente. Muy exigente.

—Lo sé.

—Mis horarios son imposibles.

—Los manejaré.

—No tolero errores.

—No los cometeré.

—Mis anteriores asistentes no han durado. La mayoría renuncia por estrés o los despido por incompetencia. ¿Qué lo hace diferente?

Valentino la miró fijamente. Sin desafío. Sin miedo. Solo con una calma que a Gianna le resultó irritante y fascinante al mismo tiempo.

—Tengo mucha experiencia con jefes exigentes, señorita Sterling. Y soy excelente cumpliendo exigencias ajenas.

No era mentira. No del todo.

Gianna sostuvo la mirada. Algo crujió en el aire entre ellos. Una chispa diminuta, casi imperceptible, que ambos decidieron ignorar.

—Muy bien, señor Reed —dijo ella, cerrando la carpeta—. En caso de ser seleccionado, el departamento de Recursos Humanos se pondrá en contacto con usted. Eso es todo.

Valentino se levantó. Dudó un segundo antes de extender la mano. Gianna la estrechó con un apretón firme, breve, profesional. Pero el roce de sus dedos le dejó la piel caliente. Maldita sea.

—Gracias por la oportunidad —dijo él.

—No me las des todavía.

Valentino salió del despacho con la misma calma con la que había entrado. Pero en cuanto las puertas del ascensor se cerraron, soltó el aire que llevaba conteniendo y apoyó la frente contra el espejo.

Lo había conseguido.

Ahora solo faltaba que lo llamaran.

El teléfono vibró en su bolsillo cuando pisaba la calle. El nombre en la pantalla le heló la sangre: Leo.

—¿Sí? —contestó, secamente.

—Valentino, cuánto drama para contestar —la voz de Leo sonaba pastosa, arrastrada por el alcohol—. Necesito que pases por el club esta noche. Tenemos que hablar.

—Ya te dije todo lo que tenía que decir.

—No es para lo que tú crees. Es... un asunto pendiente. Algo que dejaste a medias. —Hizo una pausa—. Pasa a las diez. Si no vienes, tendré que ir yo a buscarte. Y no creo que quieras que tu madre me vea por el barrio.

Valentino apretó la mandíbula.

—Está bien. A las diez.

Colgó sin despedirse. El frío de la tarde le golpeó el rostro. No quería volver a Ébano. Pero si Leo tenía algo que decirle, prefería escucharlo allí que verlo aparecer en su puerta.

---

Gianna se quitó los tacones bajo el escritorio. Nadie la veía. Solo por eso se permitió ese pequeño gesto de rendición.

El día había sido un infierno. Ocho entrevistas. Ocho candidatos insoportables que tartamudeaban, que no sabían qué responder, que evitaban su mirada como si ella fuera a devorarlos vivos. Todos menos uno.

Valentino Reed.

El nombre le daba vueltas en la cabeza como una canción pegajosa. Aquel hombre no encajaba. Era demasiado seguro, demasiado guapo. Y sin embargo, había algo en su mirada que a Gianna le resultaba extrañamente intrigante.

La puerta se abrió sin llamar. Solo una persona en todo el edificio se atrevía a eso.

—Estás horrible —anunció Camila, dejándose caer en el sillón frente al escritorio—. Peor que horrible. Pareces una muerta viviente.

Camila Rossi era la directora de marketing de Sterling Corporation y la única amiga que Gianna conservaba desde la universidad. Pelirroja, escandalosa, vestida con colores que desentonaban con la paleta de grises de la oficina. Todo lo contrario a Gianna. Quizá por eso funcionaban.

—He tenido un día de m****a —dijo Gianna, masajeándose las sienes.

—Lo sé. Ocho entrevistas. Me lo ha contado Recursos Humanos. —Camila se inclinó hacia delante, conspirativa—. Y por eso mismo necesitas salir esta noche.

—No necesito salir. Necesito dormir.

—Necesitas relajarte. Que un hombre guapo te quite el estrés.

Gianna resopló. Hace unas noches atrás, el tal Daniel o David apenas le había hecho cosquillas.

—¿Qué propones?

—Hay un club que descubrí hace un par de semanas. —Los ojos de Camila brillaron con malicia—. Música, alcohol caro, hombres increíblemente sexys. De esos que no hacen preguntas.

—¿Qué clase de club?

—Del tipo que te gusta a ti. Elegante, oscuro, lleno de secretos.

Gianna la miró con desconfianza.

—Camila, yo no pago por sexo.

—Nadie te está pidiendo que pagues. Solo que disfrutes. Te sientas en la barra, bebes algo, y si alguien te gusta... ya sabes. Sin compromisos, sin nombres. Como te gusta a ti.

Gianna guardó silencio. La propuesta era tentadora. Después del día que había tenido, necesitaba olvidar. Y olvidar, para ella, siempre significaba lo mismo.

—Está bien —dijo al fin—. ¿Cómo se llama el club?

Camila sonrió, victoriosa.

—Ébano.

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