La invitación llegó un sábado por la mañana, cuando el sol entraba por las ventanas y el bebé llevaba una hora dando patadas como si entrenara para un maratón.
—Vístete abrigado —dijo Gael, apareciendo en la puerta del dormitorio con dos tazas de té—. Vamos a salir.
—¿A dónde?
—Sorpresa.
Lo miré con sospecha. Desde lo de los micrófonos, desde el mensaje de Helena, desde que supimos de Víctor, Gael no me dejaba sola ni para ir al baño. Bueno, sí, pero los guardias estaban siempre ahí, en la puer