Los días después de la visita a Jacinto fueron una mezcla rara de normalidad y tensión. Gael iba a trabajar, volvía a casa, me traía té, apoyaba la cabeza en mi vientre y le hablaba al bebé. Como si nada estuviera pasando. Como si el nombre de Víctor Mendoza no hubiera entrado en nuestras vidas para quedarse.
Pero yo lo veía. En la forma en que revisaba las cámaras de seguridad antes de dormir. En las llamadas cortas que atendía en el estudio, con la puerta cerrada. En la manera en que sus ojos