El sol de Los Ángeles entraba por los ventanales, bañando la cocina en un brillo dorado. Todo estaba tranquilo, casi perfecto.
Me apoyé en la barra de mármol, observando la escena frente a mí: Ivanna y Mia reían juntas mientras Lucero revolvía el café con una cucharita de manera distraída.
Marlon, como siempre, discutía con la cafetera como si fuera su archienemigo.
—¿Quieres que le ponga azúcar? —preguntó Marlon, mirándome de reojo.
—Déjalo así. Tú y tu mal gusto.
Las chicas soltaron una carc