Aitana ajustó el gorro de papel crepé con orejas de gato sobre la cabeza de Ámbar, que no paraba de reír. Su hija ya no era esa criatura pequeña que se acurrucaba en su pecho, sino una niña de piernas largas, preguntas difíciles y una risa que parecía encender todo a su paso.
-¿Lista para tus diez? -preguntó Aitana, pellizcando suavemente la mejilla.
-¡Más que lista! -respondió Ámbar, con esa mezcla de energía y ternura que solo ella sabía equilibrar.
La fiesta era pequeña, íntima. Justo como Á