Cillian caminaba de un lado a otro, tratando de que sus celos no lo atormentaran más. Por supuesto, sus intentos eran todo un fracaso. Necesitaba sentir sus manos alrededor del cuello de ese infeliz muchacho, que no se rendía en sus intentos por conquistar a Constanza, que era incapaz de rechazarlo con la firmeza que él exigía.
Las excusas no servían. Ella debía mandarlo al demonio, decirle que había otro hombre capaz de aniquilarlo con solo chasquear los dedos.
No volvería a citar a Constanza e