Capítulo 44. Simple copa de jugos.
Llevaba un esmoquin negro clásico que se fundía con las sombras, pero la luz cálida acariciaba sus hombros anchos y la línea de su mandíbula. Estaba devastadoramente guapo, la encarnación del poder y la elegancia.
Sin embargo, sus ojos, esos ojos que Victoria había amado y temido en igual medida, no tenían el brillo social y vacío de los otros invitados.
Tenían el brillo del hambre, de la concentración de un predador que ha localizado a su presa después de una larga búsqueda.
Al verlos entrar,