Capítulo 28. La sangre llama.
La pluma estilográfica de oro raspó el papel con un sonido definitivo. Bruno Ávalos firmó su nombre al final del contrato de trescientas páginas. Levantó la vista y empujó la carpeta de cuero hacia el otro lado de la mesa.
—Hecho —dijo con voz grave—. Ya tiene lo que quería, señora Rivas. El 30% de mi división y un asiento en mi Consejo. Felicidades. Acaba de comprar una entrada al infierno.
Victoria, sentada frente a él, no sonrió. Tomó el contrato con calma, verificó la firma y se lo entregó a