Capítulo 24. Nunca perdía una guerra.
Suite presidencial del Hotel St. Regis, Ciudad de México.
La Ciudad de México brillaba a sus pies como un mar de joyas eléctricas derramadas sobre terciopelo negro. Desde la terraza del piso quince, el Paseo de la Reforma era una arteria de luz dorada y roja que latía con vida propia.
Pero Arthur Sterling no veía la ciudad. Solo veía un par de ojos negros llenos de desprecio. Y escuchaba una frase que se repetía en su mente como un disco rayado, torturándolo con una precisión sádica.
“Lo amaba