Capítulo 116. Revelación dolorosa.

No era un goteo. Era un flujo constante, oscuro y espeso, que ya había formado un charco alarmante alrededor de sus piernas. Su rostro estaba pálido, casi gris, y sus ojos, vidriosos, buscaban desesperadamente la figura que acababa de entrar por la ventana.

Y de pie sobre ella, con la respiración agitada y una sonrisa que se congeló al ver entrar al demonio, estaba Rogelio Montero.

En su mano derecha sostenía un cuchillo de combate. La hoja estaba roja hasta la empuñadura. A su alrededor, dos de sus sicarios apuntaron sus armas hacia la ventana, sorprendidos por la rapidez del asalto.

—¡Suelten las armas! —gritó David entrando detrás de Bruno, apuntando su rifle a la cabeza del sicario más cercano.

Hubo un segundo de parálisis mexicana. Nadie disparó. Pero Bruno no estaba ahí para negociar. No estaba ahí para arrestar a nadie. Bruno vio la sangre de Victoria.

Vio el cuchillo en la mano de Rogelio. Y en su mente, algo se rompió definitivamente. El recuerdo de Lourdes cayendo al vacío
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