El rugido del motor era lo único que llenaba el habitáculo del deportivo mientras devorábamos los kilómetros de la autopista, alejándonos de las luces de Milán. Yo permanecía hundida en el asiento, con los brazos cruzados y la respiración todavía agitada. Dominic conducía con una mano firme en el volante y la otra apretada contra la palanca de cambios, sus nudillos blancos revelando que su furia no se había disipado, solo se había transformado en algo más frío y concentrado.
—¿A dónde me llevas