La penumbra de la biblioteca era nuestro único cómplice. El peso de nuestras ropas caía al suelo como una armadura que ya no servíamos para llevar. Dominic no era paciente; nunca lo había sido conmigo, y en ese momento, esa impaciencia se sentía como una forma de adoración prohibida.
Sus manos, ásperas y grandes, recorrían mi piel con una urgencia que me hacía perder el aliento. Me obligó a recostarme contra el respaldo de cuero del sofá, mis piernas abiertas, totalmente expuesta a su mirada y