Capítulo 26: El rastro del pecado

El eco de nuestros jadeos aún vibraba entre las estanterías de la biblioteca cuando intenté recuperar un ápice de cordura. El aire frío de la sala golpeó mi piel sudorosa, recordándome dónde estábamos y, sobre todo, quiénes éramos. Con las manos temblorosas, alcancé mi blusa de seda, que yacía como un cadáver sobre la alfombra persa, e intenté cubrirme.

—Tengo que... tenemos que vestirnos, Dominic —susurré, con la voz quebrada por el agotamiento y la culpa—. Si alguien entra, si Michelle vuelve
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