La mansión se sentía como un mausoleo. Michelle se había ido a una cena de negocios con los inversores de Singapur y Micaela estaba en un evento benéfico. El silencio era tan denso que podía escuchar el tic-tac del reloj de pie en el vestíbulo, marcando un tiempo que se nos agotaba.
Encontré a Cloe en la biblioteca. Estaba de espaldas a la puerta, deslizando sus dedos por los lomos de los libros antiguos, buscando quizás una salida que no existiera en el mundo real.
—Cloe, escúchame. Tienes que