El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor fueron los encargados de sacarme de la negrura. Abrí los ojos con pesadez, sintiendo que mis párpados pesaban toneladas. Lo primero que vi fue el techo blanco y aséptico de una suite de hospital privado. Intenté moverme, pero un pinchazo agudo en el abdomen me hizo soltar un jadeo de dolor.
—No te muevas, Cloe. Todavía estás bajo los efectos de los sedantes —la voz gélida de Micaela Russo me hizo girar la cabeza hacia la derecha.
Mi suegra