El salón de la gala benéfica de los Valenti brillaba con una opulencia que me revolvía el estómago. El olor a perfumes caros, el roce de las sedas y el tintineo constante de las copas de cristal de bohemia se sentían como una agresión a mis sentidos. Desde que llegamos, una náusea persistente y un mareo extraño me habían estado persiguiendo, haciendo que cada paso sobre mis tacones fuera un desafío al equilibrio.
Me apoyé discretamente contra una columna de mármol, sintiendo cómo el sudor frío