Me pasé el resto de la tarde mirando furtivamente a la calle. Si la señorita Morgan notó algo, no me preguntó al respecto.
«Voy a hacer unos recados»
«Vendré más tarde»
Sin sentirme todo lo culpable que tal vez debiera por mentir a mis padres, salí de la biblioteca con un nerviosismo que nacía en la boca de mi estómago y me recorría de arriba abajo.
Era imposible no verle.
Estaba apoyado en una de las columnas que había sobre la escalinata de acceso a la biblioteca. Sus ojos buscaron los míos y